Reflexiones Sobre El Feminismo

En el mes de enero tuve la posibilidad de participar en un Diplomado llamado: “Mujer en la vida pública”, un diplomado que, comenzando con una revisión histórica acerca de las distintas olas de feminismo, buscaba plantear la posibilidad de una versión moderada del feminismo, alejada de los extremos que hoy caracterizan a este movimiento. Pero, ¿Es posible, hoy, considerar al feminismo como una causa justa y necesaria para nuestra sociedad?


La importancia del movimiento de Las Sufragistas es innegable –y cuando hablo de las sufragistas, no me refiero precisamente a las del movimiento británico Suffragettes, que usaban la violencia como medio, sino a aquellas feministas liberales, intelectuales, anteriores a éstas. Las sufragistas que refiero, buscaban resolver una problemática que era real en su época: la necesidad de reconocer la igualdad en dignidad entre hombre y mujer, y que se traducía en derechos civiles muy concretos: derecho al sufragio, a la propiedad privada, a la participación pública y acceso a la educación. Esta igualdad en dignidad, promovida por mujeres mayoritariamente cristianas, se sustentaba en un principio bíblico fundamental:

Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Génesis 1:27 [La Biblia, RV1960]

Estas mujeres, que conocían la identidad y el valor que tenían en Dios, buscaron reflejar este principio en la sociedad en que vivían. Un principio que hoy es innegable. Hoy nadie duda de que la mujer tiene la misma dignidad que el hombre y que es merecedora de valor y respeto. Los derechos civiles por los que lucharon en aquella época han sido conquistados con creces: las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres, estudian en las mismas escuelas y universidades, y tienen las mismas posibilidades de emprender, de crear y de tener participación política. Y ésta no es solo una conquista impulsada por las sufragistas sino que son victorias que se han logrado gracias a la cultura occidental y al libre mercado que abre sus espacios para un mayor desarrollo de la mujer. Es por eso que no es extraño ver que en aquellos países donde ha existido una mayor libertad económica, la mujer ha tenido una mayor igualdad de oportunidades. Por esta razón, considero que el feminismo, una vez que consigue sus objetivos, como eran los derechos civiles, es un movimiento que tenía fecha de expiración, de la misma manera que expiraron los movimientos abolicionistas (inspiradores de la primera ola feminista) que una vez alcanzada la libertad y dignidad de los esclavos ya no tenían razón de seguir existiendo. Es así como el feminismo comienza a reinventarse para seguir subsistiendo en el tiempo, abriendo espacio a las siguientes olas. El problema es que, para reinventarse, el feminismo ya no puede conformarse con la igualdad ante la ley, sino que comienza a perseguir una igualdad mediante la ley. Sí, porque con el auge de las siguientes olas feministas ya no se busca el respeto y la valoración de la mujer como persona, sino que aspira a eliminar, por medio de la ley, las diferencias naturales e inherentes entre el hombre y la mujer. Hasta el movimiento feminista más moderado parte de la base de una famosa, pero mentirosa frase: “No se nace mujer: se llega serlo” tomada del libro El Segundo sexo de Simone de Beauvoir, una escritora francesa que no ocultaba su fuerte compromiso con la ideología marxista, y que desde su infancia fue marcada con la desdicha de ser mujer, en donde su padre nunca le oculto el deseo que tenía de que ella hubiese sido hombre y, debido a su carrera intelectual, muchas veces le dijo que ella tenía un cerebro masculino. Simone De Beauvoir no solo fue una de las precursoras de la segunda ola feminista (promoviendo la idea de que las diferencias que existen entre hombres y mujeres son netamente culturales y que nada tienen que ver con la naturaleza, la biología o la genética), sino que también promovió la liberación sexual de la mujer por medio de las relaciones desordenadas y el aborto. Estuvo a favor de que en Francia se derogara la “Edad mínima de consentimiento” (sexual) mediante una carta abierta al Comité de Revisión del Código Penalpara permitir las relaciones consentidas entre menores y adultos, y firmó una carta publicada en el periódico francés Le Monde donde se solicitaba la libertad de tres pedófilos que habían mantenido relaciones sexuales con menores de edad. Sin embargo, la falacia de su tan mencionada frase “No se nace mujer: Se llega a serlo” no solo radica en la poca autoridad que debería tener una mujer de tan cuestionable moral, sino en que busca negar la diferencia esencial que existe entre el hombre y la mujer que nos hace tan hermosamente complementarios. Porque, me atrevo a decirlo, sin lugar a dudas, yo nací mujer, y no solo lo digo yo sino que lo dijo el médico que me vio nacer sin temor a equivocarse, porque esta realidad es una realidad inequívoca, biológica, fisiológica, neurológica y genética. Ahora, yo sé que mi amigable lector debe estar pensando que mi problema es que yo no entiendo el sentido de las palabras de De Beauvoir, y que ella se refiere al rol que cumple la mujer en la sociedad. Y, si bien la mujer puede tener distintas maneras de desarrollarse dependiendo de su cultura, cada una de estas expresiones son manifestaciones de feminidad. Es decir, si tú observas a una mujer latina, a una europea, y a una africana de distintas épocas, cada una mostrará una expresión distinta de la feminidad, pero todas ellas serán innegablemente mujeres, y tendrán ciertas características en común que son propias del sexo femenino y que no pueden ser alteradas por la cultura: su capacidad de ser madre, su inclinación a ser más relacional y formar vínculos, entre otras cosas. Es cierto que el feminismo más moderado puede estar de acuerdo conmigo en este punto; sin embargo, el problema que existe en estos movimientos es que la mujer no es considerada valiosa en sí misma, sino que ella debe masculinizarse para obtener más valor. La sociedad le exige a la mujer que, sin dejar de mantener su rol propiamente femenino, tiene que comenzar a ocupar los lugares y roles que son propiamente masculinos. Por ejemplo, una mujer que ha tomado la decisión, junto a su esposo, de dedicarse a la crianza de los hijos es tremendamente despreciada por nuestra sociedad, porque, según dicen, ella se está postergando a sí misma, o, en el mejor de los casos, está en una especie de paréntesis en el que ha dejado de desarrollarse como mujer, como profesional o como persona. Como si una madre no necesitara de su inteligencia y de sabiduría para educar a sus hijos, o como si dejara de desarrollarse como persona mientras ejerce esa labor. Ahora, ¿estoy diciendo con esto que una mujer no debe trabajar? Por supuesto que no. Ésa es una decisión que radica en la libertad de cada persona, y de la situación en la que vive. Sin embargo, estoy hablando del poco valor que hoy tiene la maternidad y de que nos hemos olvidado que el lugar de la madre es insustituible en la familia, (así como también el lugar del padre tampoco se puede sustituir). Esto me lleva a otro conflicto que nos trae el feminismo: Aquella desmedida exaltación de la figura femenina. En donde se levanta a una mujer fuerte, autosuficiente, que todo lo puede, que no necesita de nada, ni de nadie: no necesita del hombre e incluso no necesita a Dios. Una mujer que se masculiniza es una mujer que cree que ella es suficiente como para remplazar al hombre, pues ellas harían las cosas mejor de lo que los hombres han podido hacerlas. O ¿acaso soy la única persona que ha escuchado frases como: “si este mundo hubiese sido gobernado por mujeres no existirían las guerras”? Y se ha llegado al punto que existe una sensación de superioridad moral, en donde la mujer es más humana, más servicial, más empática, con una mayor capacidad de sensibilizarse con el dolor ajeno, en relación al hombre; porque donde hay una mujer hay vida, hay alegría y hay más armonía. Pero ¿Es esto una realidad? Para lamento de mis queridas amigas feministas, la naturaleza pecaminosa radica tanto en el corazón del hombre como en el de la mujer: la mujer no es superior al hombre, pues en el Edén la caída en el pecado fue de ambos. Por lo tanto, la mujer puede corromperse tanto como el hombre y su maldad puede ser tan profunda como la de él. La mujer también es capaz de traer muerte, hambruna y guerras. No nos olvidemos que las principales promotoras del aborto han sido mujeres, incluyendo a la fundadora de la International Planned Parenthood Federation (IPPF, la principal organización abortista del mundo), Margaret Sanger.

Es por esto que la salvación de Jesucristo es para ambos, de igual manera.

Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Gálatas 3:28 [La Biblia, RV1960]

¿De qué está hablando este pasaje? ¿Simplemente de nuestra igualdad en dignidad? O de que todos necesitamos de la misma salvación que proviene de Cristo mediante la fe. Cristo vino a redimir al hombre y a la mujer, a esclavos y a libres. Sin importar sexo, raza o situación económica, todos necesitamos de la redención de Cristo.

Es por esto que en Cristo, todos somos uno. Y aquellos que le han recibido tienen la potestad de ser llamados Hijos de Dios y tener una unidad con Jesucristo, con el Padre y con la Iglesia. Toda bondad que nace en el corazón del ser humano proviene de Dios, por lo tanto, la mejor manera que una mujer puede impactar la sociedad no es por medio de su lucha feminista, sino por medio de su relación con Jesús, buscando reflejar la imagen de Dios, con un espíritu afable y apacible capaz de dar vida, y de reflejar a Cristo por medio de su feminidad.

Esta es la razón por la cual creo que el feminismo no es necesario en nuestra sociedad, porque por muy moderado que éste aparente ser, segrega a la sociedad y la divide, sometiendo a lucha a hombres y mujeres, situando a la mujer en el lugar de víctima y al hombre en el lugar del opresor. Esto no quiere decir que no haya nada que mejorar en nuestra sociedad, sin embargo, creo que el feminismo es una respuesta simplista a una problemática que es profunda y espiritual. Debemos seguir creciendo, hombres y mujeres, en el respeto hacia la dignidad y la vida humana. Debemos otorgar el mismo respeto a toda persona por el simple hecho de ser persona, desde su concepción. Y debemos amar, valorar y potenciar las diferencias inherentes entre el hombre y la mujer, entendiendo que “En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 corintios 11: 12, La Biblia, RV1960) y que ambos han sido diseñados para la complementariedad, en donde juntos se ayudan mutuamente para ser cada día más como Cristo.



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